VIAJE HACIA UNA TIERRA DE ESPERANZA
Un lugar llamado Uruguay

En la mirada del tío comprendes que apoya tu decisión:

“Ya veo Yacob, anda y cumple tu palabra”- dice con tierna dureza –. “Acá en esta casa, hay un sitio para vos, pero ve, ve y cumple” - Con esas palabras y un fuerte abrazo, deja lugar a la tía, que con lágrimas en los ojos, besa tu mejilla-.


A cada paso Montevideo te gusta un poco más. Es una lástima que no puedas recorrerlo ahora.


Allá en las vías, caminando en círculo, fumando nervioso, ves a Simón. Te acercas despacio y haces tu revancha, devolviendo la palmada con la que la semana pasada te sorprendió en el café de la Avenida Dieciocho de Julio. “Esta vez, caballero, fue mi turno de sorprenderlo, ¿vamos?” -le dices- y Simón, que hace retumbar su risotada por la estación de tren, te sigue apresurando el paso.


La Estación de Ferrocarril te parece contener a este Montevideo que estás empezando a conocer; por sobre el borboteo de las conversaciones previas a las despedidas, se escuchan los voceríos de los mercachifles en la estación: carameleros, vendedores de ballenas, y un canillita al que apenas comprendes pero le compras un diario para el viaje.


Ya en el tren, miras a Simón y ves sus ojos pensativos, que igual a los tuyos, viajan ya lejos del recorrido del tren; hacia Polonia, hacia el pasado, hacia la guerra; y piensan en el momento presente, que es movimiento hacia aún no sabes dónde. Callados, sumidos en sus pensamientos. Viajan. Todo es tan diferente de Polonia. Allá la gente cree que América es llenar los bolsillos, porque todo está destruido y triste luego de la guerra; ahora que estas acá, todo es diferente, te resulta en parte menos extraño de lo que imaginabas, hay muchas personas que vinieron de Europa y hay algo familiar que está en todos, aunque notas que no es “pan comido” y hay que trabajar duro. El dinero que traen en sus bolsillos no durará. En Paysandú deberán emplearse como peones. Te dijo Simón que van a una Colonia llamada “19 de abril” donde  hay una escuela. Seguro a Sarah le gustaría trabajar allí, siempre quiso a los niños. Acuden a tu memoria imágenes de Sarah, tan linda bajo la luz del farol, sentada en el piso rodeada de los niños del pueblo que la escuchan ansiosos contar alguno de esos cuentos que ella sabe contar tan bien.


“Destino” -vocea el boletero arrancándote de tus pensamientos-. Despiertas a Simón. Maleta y baúl en mano bajan al encuentro de un tal Pedro que los espera abajo.


Miras el cielo, que negro, parece pronto para descargar una lluvia torrencial. Se viene la noche y Pedro no aparece. Con Simón se entretienen entre recuerdos y sueños, pero pasan las horas y llegan más truenos. Deben guarecerse, las primeras gotas caen sobre sus cabezas. Con más señas que palabras logran entenderse con un peón del pago, que les indica cómo llegar a una pulpería cercana. Es un lugar donde podrán dormir y calentarse con algún trago fuerte. Además te entusiasmas porque crees que es un buen sitio para comenzar a investigar sobre el paradero de Itzik. Simón, en cambio, prefiere quedarse allí, a esperar bajo el techo de la Estación. Es extraño que no haya aparecido aún, y teme que la pulpería no sea un lugar seguro para ustedes, no conocen ni el idioma ni los códigos y quizás se alejen demasiado de su destino.

 

 


¿Qué decisión tomas? 

1-      Simón esta en lo cierto. Esperarán allí la llegada de Pedro. No deben alejarse y no quieres ofender a tus anfitriones. Además te urge saber lo antes posible por qué razón Pedro no ha venido. Deben esperar allí, quizás llegue, y si no, partir apenas amanezca camino a la Colonia. Algo extraño sucede y deben saberlo cuanto antes.


2-
    
Convences a Simón de ir hacia la Pulpería. La Estación tampoco es segura y ese techo no podrá protegerlos del temporal. Algo te dice que en la pulpería esa misma noche y no otra, pasará eso que los acercará al camino que ha seguido Itzik. En cualquier caso, además, podrán llegar a la colonia en la mañana.


 



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